Latorre dice que es el actor el que tiene que ceñirse al papel o al personaje y no al revés. Defiende que el actor tiene que estar siempre estudiando a la naturaleza e imitarla a la hora de interpretar. Explica que incluso el lenguaje más elevado o momentos muy pasionales, también pertenecen a la naturaleza. Respalda que el actor en escena debe combinar la facultad de la sensibilidad y la de la inteligencia. La sensibilidad tiene su origen en la imaginación (no de memoria sino imaginación creadora “una imaginación que asocie el actor a las inspiraciones del poeta”). Se refiere también con sensibilidad a que el actor sea capaz de emocionarse y de conmoverse como si lo que viviera el personaje fuera propio.
Creo que estoy bastante de acuerdo con lo que defiende Latorre, creo que es una definición bastante buena y bastante cercana a lo que buscamos nosotros cuando hablamos de organicidad. Me ha parecido muy interesante lo que explica sobre la imaginación, esta imaginación creadora que tiene que estar a la hora de proponer en una escena y de comenzar a construir lo que va a ser una escena, y al mismo tiempo, la importancia de esa sensibilidad, de ese trabajo emocional y ese trabajo sensible.
Latorre defiende que, en escena, el actor siempre debe anteponer mostrar la naturalidad del personaje a la suya propia; y dice que la naturaleza debe ser el objeto de observación y estudio del actor. Esta primera idea me recuerda mucho a las veces que hemos hablado de los actores que se interpretan a sí mismos en el escenario o en la gran pantalla. Yo no digo que el actor no deba y no pueda buscar en sí mismo detalles o inspiración con lo que completar el personaje, pero como el propio Latorre indica, el actor es un ser observador, un estudioso de la naturaleza, que debe permitirse copiar la vida que le rodea. Además, no es lo mismo buscar en uno mismo y poner a disposición del personaje algo que deje entrever la vulnerabilidad del actor, a cerrar toda conexión emocional con la careta que se pone el actor cuando hace de sí mismo. Por otro lado me ha llamado la atención la manera en la que Latorre habla de la sensibilidad del actor, no solo cuando habla de dejarse llevar por el "y si..." mágico del
que ya hemos hablado varias veces, sino de la predisposición a explorar que debe tener el actor en general. Este comentario me ha recordado brevemente a la clase en la que, medio en broma medio en serio, hablamos de que el actor tiene que entrenar también su sensibilidad. En aquella ocasión, pusimos el ejemplo de ver vídeos de operaciones y de aguantar viéndolos hasta tener el impulso fisiológico de vomitar. Creo que con la sensibilidad emocional el entrenamiento tiene que ser parecido, en el sentido de que el actor debe poder experimentar llevar el impulso emocional hasta el final, sin inhibiciones y con la certeza de que no estamos interponiendo ningún bloqueo que nos impida vivenciar esta sensación de pérdida de control momentánea.
Al leer este artículo encuentro muchas semejanzas con lo que defiendo Latorre y lo que defendía Talma. Vuelve a plantear la sensibilidad, no solo como una capacidad de emocionarse, si no como una cualidad unida a la inteligencia. Si el actor es sensible e inteligente se verá favorecido en su interpretación. Es la cultivación personal de uno mismo, en mi opinión. Cuando esto sucede y te cultivas, ves detalles y cosas que no puedes pasar por alto como ser humano, enseñas a tu ojo a tener otra mirada.
Muchos de los autores de estos artículos dan una importancia especial a la inteligencia. Latorre habla del valor de la capacidad de observación, de que el trabajo se basa en observar y copiar la naturaleza, me gusta esta regla tan simple porque te obliga a quitarte la idea romantizada de que como actor tienes que ser original. La originalidad del actor, creo, solo viene de la capacidad de recrear el mayor número de detalles posibles de la naturaleza e integrarlos con sinceridad. Observación y sinceridad, pues, te evitarán caer en esos gestos impostados y exagerados que Latorre critica al final del texto. En realidad, es exactamente lo mismo que leímos en el primer libro de Stanislavski en el que decía algo así como que la naturaleza por sí misma es bella, intentar embellecerla es dedicar en escena atención a algo que no te lleva a ninguna parte.
Latorre dice que es el actor el que tiene que ceñirse al papel o al personaje y no al revés. Defiende que el actor tiene que estar siempre estudiando a la naturaleza e imitarla a la hora de interpretar. Explica que incluso el lenguaje más elevado o momentos muy pasionales, también pertenecen a la naturaleza. Respalda que el actor en escena debe combinar la facultad de la sensibilidad y la de la inteligencia. La sensibilidad tiene su origen en la imaginación (no de memoria sino imaginación creadora “una imaginación que asocie el actor a las inspiraciones del poeta”). Se refiere también con sensibilidad a que el actor sea capaz de emocionarse y de conmoverse como si lo que viviera el personaje fuera propio.
ResponderEliminarCreo que estoy bastante de acuerdo con lo que defiende Latorre, creo que es una definición bastante buena y bastante cercana a lo que buscamos nosotros cuando hablamos de organicidad. Me ha parecido muy interesante lo que explica sobre la imaginación, esta imaginación creadora que tiene que estar a la hora de proponer en una escena y de comenzar a construir lo que va a ser una escena, y al mismo tiempo, la importancia de esa sensibilidad, de ese trabajo emocional y ese trabajo sensible.
Latorre defiende que, en escena, el actor siempre debe anteponer mostrar la naturalidad del personaje a la suya propia; y dice que la naturaleza debe ser el objeto de observación y estudio del actor. Esta primera idea me recuerda mucho a las veces que hemos hablado de los actores que se interpretan a sí mismos en el escenario o en la gran pantalla. Yo no digo que el actor no deba y no pueda buscar en sí mismo detalles o inspiración con lo que completar el personaje, pero como el propio Latorre indica, el actor es un ser observador, un estudioso de la naturaleza, que debe permitirse copiar la vida que le rodea. Además, no es lo mismo buscar en uno mismo y poner a disposición del personaje algo que deje entrever la vulnerabilidad del actor, a cerrar toda conexión emocional con la careta que se pone el actor cuando hace de sí mismo.
ResponderEliminarPor otro lado me ha llamado la atención la manera en la que Latorre habla de la sensibilidad del actor, no solo cuando habla de dejarse llevar por el "y si..." mágico del
que ya hemos hablado varias veces, sino de la predisposición a explorar que debe tener el actor en general. Este comentario me ha recordado brevemente a la clase en la que, medio en broma medio en serio, hablamos de que el actor tiene que entrenar también su sensibilidad. En aquella ocasión, pusimos el ejemplo de ver vídeos de operaciones y de aguantar viéndolos hasta tener el impulso fisiológico de vomitar. Creo que con la sensibilidad emocional el entrenamiento tiene que ser parecido, en el sentido de que el actor debe poder experimentar llevar el impulso emocional hasta el final, sin inhibiciones y con la certeza de que no estamos interponiendo ningún bloqueo que nos impida vivenciar esta sensación de pérdida de control momentánea.
ResponderEliminarAl leer este artículo encuentro muchas semejanzas con lo que defiendo Latorre y lo que defendía Talma. Vuelve a plantear la sensibilidad, no solo como una capacidad de emocionarse, si no como una cualidad unida a la inteligencia. Si el actor es sensible e inteligente se verá favorecido en su interpretación. Es la cultivación personal de uno mismo, en mi opinión. Cuando esto sucede y te cultivas, ves detalles y cosas que no puedes pasar por alto como ser humano, enseñas a tu ojo a tener otra mirada.
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ResponderEliminarMuchos de los autores de estos artículos dan una importancia especial a la inteligencia. Latorre habla del valor de la capacidad de observación, de que el trabajo se basa en observar y copiar la naturaleza, me gusta esta regla tan simple porque te obliga a quitarte la idea romantizada de que como actor tienes que ser original. La originalidad del actor, creo, solo viene de la capacidad de recrear el mayor número de detalles posibles de la naturaleza e integrarlos con sinceridad. Observación y sinceridad, pues, te evitarán caer en esos gestos impostados y exagerados que Latorre critica al final del texto. En realidad, es exactamente lo mismo que leímos en el primer libro de Stanislavski en el que decía algo así como que la naturaleza por sí misma es bella, intentar embellecerla es dedicar en escena atención a algo que no te lleva a ninguna parte.
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